Manual de urbanidad para jovencitas (2)
Segunda entrega:
EN LA COCINA
I
Cuando use un plátano para divertirse sola o para hacer gozar a la criada, no lo vuelva a poner en el frutero sin haberlo limpiado cuidadosamente.
II
No se la menee a todos sus amiguitos en una jarra de limonada, incluso si le parece que el refresco estará mejor condimentado con leche fresca. Los invitados de su señor padre podrían no compartir sus gustos.
III
Si vacía a escondidas la mitad de una botella de champán, no orine dentro para rellenarla.
IV
No insinúe al criado que se folle el culo de un pollo cocido sin haberse asegurado por sí misma de que el criado está sano.
V
No se cague en la crema de chocolate incluso si, por encontrarse castigada sin postre, está segura de no comerla.
EN LA MESA
I
Si se le preguntan qué bebe usted en las comidas, no responda: “Sólo leche.”
II
No meta y saque de su boca un espárrago mientras mira lánguidamente al joven que quiere seducir.
III
No lama un albaricoque partido en tanto que guiña a la lesbiana más célebre de la reunión.
IV
No coja dos mandarinas a fin de añadirle unos cojones al plátano.
V
Si se la menea a su vecino bajo su servilleta, hágalo tan discretamente que nadie se dé cuenta.
VI
Si su amiguita actual está sentada frente a usted, no le monte una escena de celos por encima de la mesa.
VII
Cuando una persona mayor cuenta una historia verde que las jovencitas no deben comprender, no se ponga a gritar como si se estuviera corriendo; incluso si la narración la excita muchísimo.
VIII
Si encuentra un cabello sospechoso en su plato, no diga: “¡Qué bien, un pelo del culo!”
IX
No esconda un consolador en el frutero para que las chicas se rían a la hora del postre.
X
Cuando le sirvan plátanos, no se guarde el más gordo en el bolsillo. Esto haría sonreír a los señores y, posiblemente, hasta a las jovencitas.
XI
Si es aún impúber, no se aplaste entre las piernas un puñado de fresas y a continuación vaya a enseñarle a todo el mundo que ya tiene la regla.
XII
Es de muy mal gusto poner bajo la servilleta de una señorita –y en lugar del panecillo- un consolador.
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